Otra vez la violencia descontrolada, otra vez una patota actuando con total impunidad. Esta vez fue en Tafí del Valle, Tucumán, donde al menos 20 rugbiers atacaron brutalmente a Patricio Ledezma, un joven de 19 años, a la salida de un boliche. Lo golpearon sin piedad, aun cuando ya estaba en el suelo, y lo arrojaron inconsciente a una zanja, como si su vida no valiera nada.
El ataque ocurrió en la madrugada del sábado en las inmediaciones del boliche La Cañada y quedó registrado en videos que ya circulan en redes sociales. Las imágenes son estremecedoras: patadas, trompadas y una violencia extrema ejercida en grupo contra un solo chico indefenso. En medio de la golpiza, Patricio llegó a suplicar: “No hagan eso, pueden matar a alguien”. No les importó.
Mientras algunos filmaban sin intervenir, solo unas pocas personas intentaron frenar la barbarie. Según relató la familia, si no fuera por esos testigos, el ataque podría haber terminado en una tragedia.
A pesar de la brutalidad, Patricio fue dado de alta ese mismo día y se recupera en su casa. Desde allí difundió un video mostrando las lesiones y apuntó sin vueltas contra sus agresores: hematomas, una hemorragia en el ojo y la espalda lastimada son solo parte de las secuelas que dejó la patota.
“Uno se mata laburando para tener vacaciones y vienen estos pendejos que se creen impunes”, denunció el joven, visiblemente indignado. Y advirtió: “Así se mata a alguien”.
La causa quedó en manos de la fiscal Mónica García de Targa y este martes se realizaron allanamientos en Concepción, de donde serían oriundos los atacantes. Hasta el momento, hay dos sospechosos detenidos, con celulares y ropa secuestrados para peritajes.
El jefe de Policía de Tucumán fue contundente: “Son patoteros, delincuentes. Entre veinte atacaron a una persona”. Mientras tanto, se analizan más videos para identificar al resto de los involucrados.
En medio del escándalo, el Club Huirapuca salió a despegarse del hecho, aunque admitió que, si se confirma que los agresores pertenecen a la institución, habrá sanciones.
La pregunta sigue siendo la misma de siempre: ¿cuántas golpizas más hacen falta para que se termine la impunidad de las patotas? Porque esta vez no fue un homicidio de milagro.