En una sesión que dejó más heridas políticas que certezas económicas, el Gobierno nacional consiguió en Diputados una media sanción para su polémica Ley de “Modernización Laboral”, pero el festejo libertario duró poco: el proyecto vuelve al Senado envuelto en tensiones, retrocesos y negociaciones contrarreloj.
La votación —135 a 115— fue presentada por la Casa Rosada como una “victoria”, aunque en los pasillos del Congreso se habló de otra cosa: concesiones forzadas, artículos eliminados a último momento y aliados que amagaron con soltarle la mano al oficialismo. El detonante fue el intento de recortar las licencias médicas, un punto que generó rechazo incluso entre bloques que suelen votar con el Gobierno.
Para evitar una derrota humillante, desde Balcarce 50 activaron el modo supervivencia y borraron del texto los artículos más explosivos. Traducido: el plan original de ajustar el bolsillo de los trabajadores enfermos voló por los aires.
El proyecto ahora regresa al Senado, donde el oficialismo apuesta a convertir en ley lo que vende como una “reforma histórica”, pero que la oposición denuncia como un nuevo avance sobre los derechos laborales. El dato incómodo para la Casa Rosada es que la Cámara Alta ya había aprobado una versión más dura, por lo que los senadores deberán decidir si avalan la marcha atrás o si reabren el conflicto.
Mientras tanto, el Gobierno corre contra el calendario para cerrar el período de extraordinarias con un paquete de leyes que le permita mostrar gestión en medio del ajuste, la caída del consumo y el creciente malestar social.
En el Congreso lo dicen sin eufemismos: la reforma laboral sigue viva, pero llega al Senado herida, recortada y sostenida con alfileres. Y el resultado, lejos de estar asegurado, promete otra batalla política de alto voltaje.