Mientras el Gobierno Nacional pregona el “vale todo” y el sálvese quien pueda, las escuelas se convierten en el Lejano Oeste. Un nene de 12 años llevó una pistola a clases en Calamuchita y estalló el terror. Es el segundo caso en una semana. ¿Hasta dónde nos va a llevar este modelo de violencia y abandono?
La Argentina que supimos construir, la de la movilidad social ascendente y el guardapolvo blanco como símbolo de paz, hoy parece un recuerdo lejano bajo las garras de un modelo que desprecia lo público y rinde culto a la violencia. Este martes, el espanto se mudó a Santa Rosa de Calamuchita, Córdoba, donde un alumno de apenas 12 años decidió que era “buena idea” llevar una pistola de aire comprimido en la mochila.
Eran las 11:30 de la mañana cuando el murmullo en los pasillos dejó de ser por un recreo para convertirse en el miedo más profundo. Un estudiante advirtió que su compañero tenía el arma. El director tuvo que intervenir de inmediato, pidiendo abrir la mochila para encontrarse con la cruda realidad que el gobierno de turno intenta normalizar: las armas están en las manos de nuestros hijos.
UN CLIMA DE ÉPOCA QUE MATA
Este no es un hecho aislado. Es el segundo caso en menos de siete días en la provincia mediterránea. El lunes, en Córdoba Capital, ya habían secuestrado otra réplica en circunstancias similares. Pero claro, ¿qué podemos esperar cuando desde los atriles oficiales se desmantela el Estado, se ajusta en educación y se promueve un discurso de odio que cala hondo en los más vulnerables?
Este nuevo episodio de terror ocurre apenas 24 horas después de la tragedia en Santa Fe, donde el joven Ian Cabrera perdió la vida en manos de un compañero de 15 años que entró a los tiros al grito de “sorpresa”. La sangre de nuestros pibes derramada en el patio de las escuelas es el resultado directo de una gestión que prefiere las finanzas a la contención social.
“Sentía que no encajaba”, dijo la abogada del tirador de Santa Fe. Una frase que retumba en una sociedad donde el Estado decidió borrarse y dejar que cada uno se arregle como pueda.
EL AJUSTE TAMBIÉN SE DISPARA
Mientras la Policía de Córdoba activaba protocolos y secuestraba el arma en Calamuchita, los padres se preguntan: ¿Quién cuida a nuestros hijos? El protocolo se activó, sí, pero la prevención brilla por su ausencia en un país donde la salud mental y los gabinetes psicopedagógicos son vistos como “gastos innecesarios” por la motosierra insensible del Ejecutivo.
La situación es crítica. Entre el hambre que crece en los barrios por la inflación galopante y el acceso descontrolado a objetos de violencia, nuestras escuelas se están transformando en ollas a presión.