No hay relato que resista el ticket del supermercado ni el mostrador de una farmacia de barrio. Mientras los voceros de Balcarce 50 ensayan conferencias triunfalistas celebrando un supuesto “descenso histórico de la pobreza”, los datos duros relevados por observatorios universitarios, centros de estudios sociales y la propia Cáritas revelan una maniobra que roza el fraude moral: manipular los coeficientes de la Canasta Básica Total (CBT) para disimular una realidad que azota a más de 20 millones de compatriotas.
El artificio técnico es tan perverso como transparente. Al momento de computar la línea de pobreza, el esquema oficial mantiene desactualizada la ponderación de servicios públicos desregulados, el boleto de transporte y, fundamentalmente, la canasta de medicamentos y salud. En la Argentina del ajuste libertario, donde las tarifas de luz y gas se multiplicaron y los remedios esenciales aumentaron más del triple que las jubilaciones, considerar que una familia no es pobre porque apenas supera una canasta alimentaria mínima es una estafa estadística.
La Iglesia y la universidad le ponen números al dolor
Frente al triunfalismo de escritorio, los informes de campo de la UBA y el Observatorio de la Deuda Social de la UCA sitúan el piso real de la pobreza entre el 43% y el 45% a nivel nacional, con bolsones que superan el 60% en los cordones periurbanos y una indigencia consolidada en dos dígitos. La advertencia emitida por las delegaciones de Cáritas coincide con el informe reservado que los obispos elevaron al Vaticano: los comedores comunitarios no dan abasto, la asistencia alimentaria oficial continúa paralizada y creció drásticamente el segmento de nuevos pobres: trabajadores registrados y jubilados que, a pesar de haber aportado durante 30 o 40 años, caen bajo la línea de subsistencia.
La crueldad no es un daño colateral; es el método. El Gobierno necesita exhibir un sendero de normalización social ante Wall Street y el FMI para justificar el brutal congelamiento presupuestario. Pero el equilibrio macroeconómico logrado sobre la base de la desnutrición infantil, el abandono de la tercera edad y la licuación de los ingresos populares carece de sustentabilidad ética, política y social.
La farsa del “derrame” libertario
El justicialismo enseñó que la única verdad es la realidad. En una comunidad organizada, el Estado no es un observador indiferente que ajusta fórmulas matemáticas para que cierren los balances de cuatro fondos de inversión foráneos; el Estado es el garante de la dignidad humana y el escudo protector de los más débiles.
Querer tapar el sol con una planilla de Excel es la confesión de un fracaso ideológico rotundo. La libertad no es la libertad de pasar hambre en soledad ni de elegir qué pastilla de la presión tomar día por medio para que alcance el blíster. Argentina no va a salir adelante escondiendo a sus pobres: saldrá adelante reactivando las fábricas, dignificando el haber de sus abuelos y recuperando la Justicia Social como el norte innegociable de la Patria.