La memoria de los 649 caídos en Malvinas y el honor de los miles de veteranos que defendieron la bandera nacional en las turberas australes no cotizan en bolsa ni se rifan por una palmada en la espalda en foros financieros internacionales. Sin embargo, en la Argentina bajo el mandato de Javier Milei, la soberanía territorial parece haberse convertido en una moneda de cambio desechable.
Durante las últimas horas, organizaciones de veteranos de guerra de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y la Patagonia denunciaron con pruebas fotográficas y testimonios fehacientes la remoción silenciosa de placas conmemorativas, murales y cartelería histórica del emblemático Operativo Cóndor —la epopeya civil y patriótica de 1966 liderada por Dardo Cabo— en edificios públicos, estaciones de transporte y delegaciones de frontera. La orden, impartida por vía informal pero ejecutada con celo burocrático, busca “neutralizar” cualquier mensaje que incomode las relaciones bilaterales con el Reino Unido.
La reedición del pacto Foradori-Duncan
Este agravio a los símbolos no es un hecho aislado: responde al andamiaje de la política exterior libertaria. En los hechos, la Cancillería argentina reanudó un esquema de concesiones diplomáticas que calca los tristes precedentes del pacto Foradori-Duncan de 2016. Se restablecieron canales de diálogo que otorgan facilidades logísticas, vuelos continentales sin contrapartida soberana y cooperación científica conjunta que, en la práctica, convalida la usurpación británica de los caladeros pesqueros y la explotación ilegal de hidrocarburos en la plataforma continental argentina.
Mientras a los jubilados de nuestra Patria se les niega un haber digno y a las familias de los conscriptos que combatieron en 1982 se les recortan prestaciones sanitarias básicas en el PAMI, el Gobierno exhibe una insólita condescendencia ante los reclamos de la corona británica. La admiración confesa del mandatario nacional por figuras colonialistas como Margaret Thatcher encuentra hoy su correlato práctico en la desmovilización diplomática y el silenciamiento del reclamo imprescriptible e inalienable sobre las Islas.
Desmalvinizar para colonizar
La desmalvinización fue siempre la estrategia preferida de los poderes imperiales para adormecer la conciencia nacional. Un pueblo que olvida sus sacrificios, que borra a sus mártires y que relativiza la usurpación de su territorio es un pueblo dócil para el saqueo económico. La cuenca del Atlántico Sur representa el futuro geopolítico de la Argentina: allí se cruzan la proyección hacia la Antártida, el control bioceánico del Estrecho de Magallanes y una de las mayores reservas ictícolas y minerales del planeta.
Para el peronismo, la soberanía política es la piedra basal sobre la que se edifica la Nación. No existe grandeza posible si se acepta convivir sumisamente con un enclave militar colonial de la OTAN instalado en el propio cuerpo de la Patria. Malvinas nos une, nos interpela y nos exige memoria activa; no hay cálculo de déficit fiscal ni ajuste financiero que justifique bajar la bandera celeste y blanca.
La voz inquebrantable de los héroes
La Confederación de Excombatientes anunció que llevará adelante asambleas y movilizaciones a las sedes de los ministerios involucrados para reponer por mano propia los homenajes arrancados. Los veteranos que resistieron el fuego enemigo en Monte Longdon o Darwin no van a permitir que un grupo de funcionarios de escritorio desmonte en meses lo que costó décadas de dignidad popular. Las Malvinas fueron, son y serán argentinas, digan lo que digan en Londres y callemos lo que callemos en Balcarce 50.