En un nuevo capítulo de la crueldad económica que profesa el gobierno de Javier Milei, la realidad le dio un cachetazo a millones de trabajadores. Mientras en la Rosada celebran planillas de Excel con superávit de hambre, la Asociación Argentina de Empresarios del Transporte Automotor (AAETA) lanzó la bomba que todos temían: sin el auxilio del Estado, el boleto mínimo debería costar $1.500 hoy mismo.
El titular de la entidad, Luciano Fusaro, fue lapidario en declaraciones recientes. Con una crudeza que asusta, desnudó el plan de desguace: el gobierno está retirando subsidios mucho más rápido de lo que la gente puede pagar los aumentos. “Se retiró más subsidio de lo que se agregó tarifa”, sentenció, dejando claro que al “León” no le tiembla el pulso para dejar a pie a la clase obrera.
UN SISTEMA QUE SE CAE A PEDAZOS
No solo es el precio, es la destrucción del servicio. Bajo el modelo de la “motosierra”, el transporte público entró en un espiral de decadencia que nos retrotrae a las peores épocas de la historia argentina:
- Menos unidades: De las 18.300 unidades que circulaban hace apenas tres años, hoy quedan menos de 17.000. El resto desapareció, devorado por la falta de inversión.
- Chatarras rodantes: Un tercio de los colectivos ya superó los 10 años de antigüedad. Viajamos en unidades obsoletas que ponen en riesgo la seguridad de los pasajeros.
- Frecuencia cero: Las empresas, asfixiadas, cortan los servicios nocturnos. Si trabajás de noche o salís tarde, Milei te condena a caminar.
“Las empresas se están comiendo el capital”, advirtió Fusaro. Traducido al criollo: el sistema está viviendo de los ahorros y de estirar la vida útil de motores que ya no dan más.
EL ÉXODO DE PASAJEROS: UN MILLÓN DE PERSONAS FUERA DEL SISTEMA
La política de exclusión del actual gobierno ya dio sus frutos amargos: en solo un año, se perdió un millón de pasajeros por día. Son familias que ya no pueden pagar el viaje para ir a trabajar o estudiar, argentinos que quedan aislados porque el sueldo no llega a cubrir el costo de moverse por el AMBA.
Para que el sistema sea medianamente digno, como el de hace una década, Fusaro calculó que el boleto debería escalar hasta los $2.000. Una cifra prohibitiva para cualquier bolsillo argentino que hoy pelea contra la inflación galopante y la licuación de haberes.
CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA
El gobierno insiste con la “tarifa pura”, pero la realidad es que sin la presencia de un Estado que equilibre la balanza, viajar se convertirá en un lujo para pocos. Mientras los empresarios aseguran que “no ganan plata” y las líneas desaparecen, el único que pierde es el de siempre: el laburante que espera el bondi bajo la lluvia, sin saber si va a pasar y cuánto le va a costar el próximo aumento que se cocine en las oficinas de los “libertarios”.
¿Hasta dónde piensa llegar el ajuste? ¿Qué va a pasar cuando el AMBA se quede definitivamente sin colectivos? El pueblo tiene un límite y el boleto a $1.500 parece ser la gota que colmará el vaso.