Mientras el Gobierno insiste en hablar de “desinflación” y “orden macroeconómico”, el precio de la carne —termómetro histórico del humor social argentino— volvió a dispararse y amenaza con agregar hasta medio punto al IPC de febrero. Sí: el asado, ese símbolo cultural que el relato libertario prometía devolver a la mesa, hoy es un lujo cada vez más lejano.
En el Mercado Agroganadero de Cañuelas la hacienda para consumo pegó un salto cercano al 7% en apenas una semana. El traslado a las carnicerías ya comenzó y anticipa un nuevo cachetazo para salarios que corren siempre desde atrás. Traducido al mostrador: el kilo que sale del campo a $5.000 puede rozar los $20.000 en el barrio. La “Argentina normal” parece ser, otra vez, la de la heladera vacía.
Los números oficiales tampoco ayudan al optimismo. Según el INDEC, en enero la carne subió 4,9%, muy por encima del 2,9% de inflación general. En la medición interanual, el incremento fue demoledor: 73,4%, más de 40 puntos arriba del índice promedio. Pero desde la Casa Rosada el silencio es total.
¿Las causas? Menos faena, productores que retienen animales esperando mejores precios y frigoríficos que miran con entusiasmo el negocio exportador en dólares. Cada tonelada que se va al exterior es un corte menos en la mesa local. El modelo es claro: los dólares primero, el consumo interno después.
El resultado es un mercado con oferta ajustada y precios liberados, donde el consumidor queda a merced de una cadena que multiplica valores en cada eslabón. Y con un dato inquietante: recién desde julio podría aumentar la disponibilidad de carne.
En la calle, la sensación es otra: la inflación que “se estaba muriendo” vuelve a respirar fuerte en el plato más sensible de todos. Porque en la Argentina real —no en las planillas del Ministerio de Economía— el asado no baja, el sueldo no alcanza y el ajuste siempre se paga en la mesa familiar.