SAN CARLOS SANGRA. En un episodio que roza lo cinematográfico por su crueldad, dos “motochorros” transformaron un humilde kiosco en un escenario de guerra. Cuatro tiros para un laburante que solo quería defender el mango y una paliza brutal a un efectivo que intentó ser héroe. Mientras el Gobierno se llena la boca con promesas de “orden”, a los vecinos los siguen cazando como a moscas.
La ciudad de las diagonales se convirtió en la ciudad de las balas. El sábado a la noche, mientras las autoridades seguramente descansaban en sus cómodos despachos, en el barrio de San Carlos se vivía un infierno. Un kiosquero, un tipo común que se levanta todos los días para pelearla contra la inflación galopante que nos dejó este modelo, casi paga con su vida el “pecado” de trabajar.
Una lluvia de plomo por unos pocos pesos
El ataque ocurrió en la calle 49, entre 139 y 140. Dos sujetos en una moto Yamaha —de esas que circulan con total impunidad por la ciudad sin que nadie las pare— frenaron frente al local. Lo que siguió fue pura barbarie:
- Resistencia heroica: El comerciante, harto de que le saquen lo poco que tiene, intentó defenderse.
- Sádicos al ataque: Los delincuentes no dudaron. Le vaciaron el cargador: cuatro impactos de bala. Tres le atravesaron el cuerpo y el cuarto le quedó incrustado en el tobillo.
- Saña total: No conformes con los disparos, lo molieron a golpes en la cabeza mientras el hombre se desangraba en el suelo.
Un policía de civil: Entre la valentía y el abandono estatal
La tragedia no fue mayor gracias a un efectivo que estaba de civil esperando el micro. Pero ojo, que acá se ve la realidad del “operativo seguridad”: el agente, desprotegido y solo, intervino para salvar al vecino y terminó con la cabeza rota. Ocho puntos de sutura le tuvieron que dar en el Hospital Italiano tras ser salvajemente golpeado por los malvivientes.
“Acá no se puede vivir más. La policía no tiene recursos y los chorros son los dueños de la calle. Nos están matando y el Gobierno mira para otro lado”, sentenció una vecina indignada mientras los patrulleros llegaban, como siempre, cuando los delincuentes ya se habían esfumado.
¿Hasta cuándo el pueblo va a poner los muertos?
Mientras el kiosquero pelea por su vida en el Hospital San Martín, dopado para aguantar el dolor insoportable de los proyectiles, los delincuentes siguen libres. La Subcomisaría La Unión busca pistas en las cámaras, pero la realidad es una sola: la prevención no existe.
Este es el resultado de un Gobierno que ajusta en lo social y fracasa en lo básico. En la capital bonaerense, el laburante es el que está tras las rejas de su propio negocio, mientras los delincuentes celebran la “zona liberada”.