En Villa Castells un vecino fue víctima de un hecho que parece sacado de una película, pero que refleja la cruda realidad del conurbano liberado. Le vaciaron la casa y, mientras estaba en la comisaría intentando que alguien lo escuche, los delincuentes regresaron para terminar el “trabajo”.
El hombre, de 61 años, había salido por cuestiones laborales y al volver se encontró con su vivienda dada vuelta: dólares, electrodomésticos y objetos de valor desaparecidos. Ni su perro pitbull —que custodiaba la propiedad— pudo frenar el ataque: escapó aterrorizado por el accionar de los ladrones, en otra postal del abandono total.
Lo más indignante vino después. Tras llamar al 911 y dirigirse a la comisaría de Gonnet para hacer la denuncia, los delincuentes aprovecharon esos 40 minutos para entrar nuevamente y llevarse comida, ropa y todo lo que quedaba a mano. Sí: roban con la tranquilidad de saber que no pasa nada.
Sin cámaras funcionando, sin patrullaje efectivo y sin un solo detenido, la investigación avanza al ritmo de la burocracia mientras los vecinos viven con miedo. La escena es el fiel reflejo de un Estado ausente que mira para otro lado mientras la delincuencia maneja los tiempos.
Como si fuera poco, en la misma ciudad una armería fue saqueada tras un ingreso por los techos. La única “pista” son manchas de sangre que ahora deberán analizarse para ver si aparece algún responsable.
La Plata se convirtió en el símbolo de una provincia donde los delincuentes entran, roban, vuelven a entrar y se van como si nada. Y la pregunta que retumba entre los vecinos es siempre la misma: ¿hasta cuándo?