El Museo del Louvre, emblema cultural de Francia y uno de los destinos turísticos más visitados del mundo, permanece cerrado por una huelga indefinida de sus trabajadores. La medida dejó a miles de visitantes varados y expuso una crisis profunda puertas adentro.
Unos 400 empleados votaron por unanimidad iniciar el paro, en rechazo a las condiciones laborales, el deterioro edilicio y la falta de personal. La protesta no tiene fecha de finalización y genera pérdidas estimadas en 400.000 euros diarios, mientras la conducción del museo evita dar explicaciones públicas.
El conflicto se da tras una seguidilla de episodios que dañaron la imagen del Louvre: robos millonarios, salas clausuradas por inundaciones, problemas estructurales y filtraciones que afectaron archivos históricos. Para los sindicatos, no se trata de hechos aislados, sino del resultado de años de abandono y mala gestión.
Las críticas apuntan directamente a la presidenta del museo, Laurence des Cars, a quien acusan de priorizar el marketing, los eventos de lujo y los anuncios rimbombantes por sobre las reformas urgentes. En los últimos 15 años se eliminaron más de 200 puestos fijos, pese al crecimiento constante del número de visitantes.
Mientras el gobierno francés impulsa una reforma de 500 millones de euros, los trabajadores denuncian precarización, sobrecarga laboral y un edificio que ya no soporta la presión del turismo masivo. La huelga deja al descubierto una realidad incómoda: detrás del brillo y la postal perfecta, el Louvre atraviesa una de las peores crisis de su historia.