La Ciudad de Buenos Aires se ha convertido en una postal del desamparo. Mientras las políticas de hambre y la desregulación salvaje de los alquileres destruyen a las familias trabajadoras, el número de personas sin techo se DUPLICÓ. La “libertad” avanza, pero dejando a nuestro pueblo a la deriva bajo temperaturas glaciales.
El invierno llegó y con él, la cara más cruel y descarnada del modelo económico actual. Mientras en los despachos oficiales y en los Tedeum se reparten abrazos de espaldas al pueblo, las calles porteñas son el escenario de una tragedia humanitaria sin precedentes: más de 5.000 argentinos y argentinas sobreviven a la intemperie, castigados por el frío polar y la insensibilidad de un Estado que decidió retirarse.
La crisis habitacional ya no es una advertencia, es una realidad que duele en cada esquina. La motosierra, el ajuste desmedido y la destrucción del poder adquisitivo han empujado al abismo a miles de familias que, ante la desregulación del mercado inmobiliario, se vieron expulsadas de sus hogares.
El fracaso de la gestión: La miseria se duplicó
Los números oficiales son un cachetazo a la gestión de la Ciudad y la Nación. Según reconoció la exfuncionaria y analista María Migliore, en 2021 había 2.573 personas en situación de calle. Para noviembre de 2025, la cifra ya había superado los 5.000. Es decir, bajo la mirada cómplice del actual modelo de exclusión, la indigencia extrema se multiplicó por dos.
“Este número crece sostenidamente a lo largo de los años”, admitió Migliore. Un eufemismo para no decir que las políticas de “contención” como el programa Buenos Aires Presente (BAP) no son más que parches insuficientes ante una topadora económica que fabrica pobres todos los días.
¿Finlandia? No, esto es Constitución y Once
El cinismo no tiene límites. Mientras nuestros compatriotas se congelan en las veredas tapados con cartones, los analistas del establishment intentan justificar la crisis comparando a Buenos Aires con Nueva York o París, e incluso citan el “milagro” de Helsinki (Finlandia). Pero la realidad de América Latina y de nuestra Patria es otra: aquí, el primer factor que arroja a la gente a la calle es la pobreza estructural y la imposibilidad absoluta de pagar un alquiler.
Si bien es cierto que el drama se agrava por la falta de una red de contención para la salud mental y el avance de los consumos problemáticos (que proliferan ante la desesperanza y la falta de futuro), el factor determinante es económico. La crisis de vivienda es hija directa de un modelo que privilegia la especulación financiera por sobre el derecho constitucional a un techo digno.
Los 3 factores de la desidia gubernamental
En lugar de proteger a los más vulnerables, el gobierno los abandona a su suerte. El aumento de personas en situación de calle se explica por un cóctel letal que el Estado se niega a desactivar:
- Destrucción del salario y crisis habitacional: Sin Ley de Alquileres y con tarifas impagables, caer en la calle es, para muchos, cuestión de meses.
- Abandono de la Salud Mental: El vaciamiento de las políticas públicas y las redes de contención comunitaria deja a los más frágiles a la deriva.
- Avance de las adicciones: Ante la falta de oportunidades y de un proyecto de vida, el consumo problemático gana terreno en los barrios, sin que haya centros de rehabilitación accesibles y gratuitos.
El derecho a la vivienda, pisoteado
El mundo debate soluciones de fondo. El modelo “Housing First” (La Vivienda Primero), que logró erradicar la problemática en países con verdadero Estado de Bienestar, plantea que el punto de partida para recuperar la dignidad de una persona es garantizarle un techo.
Sin embargo, en la Argentina de hoy, esa idea parece una utopía. El sistema tradicional de refugios colapsó y solo ofrece camas transitorias para pasar la noche, devolviendo a la gente a la crudeza del asfalto a la mañana siguiente. No hay justicia social sin un Estado presente, y hoy, el Estado solo está presente para reprimir y ajustar.
Mientras los termómetros siguen bajando, la emergencia social está declarada. La pregunta es cuántas vidas más se cobrará el frío antes de que el Gobierno entienda que con el hambre y la vida de los argentinos no se juega.