Mientras el pueblo sufre el ajuste y la emergencia social, el Gobierno libertario se hunde en el barro de sus propios funcionarios. El jefe de Gabinete, investigado por enriquecimiento ilícito, se aferra al sillón mientras el fuego amigo lo devora y Milei, en su burbuja, mira para otro lado.
La Casa Rosada es hoy una olla a presión a punto de estallar. A tres meses de que explotara el escándalo por el presunto enriquecimiento ilícito de Manuel Adorni, el Gobierno insiste en una estrategia de negación que roza lo absurdo. Mientras las familias argentinas se debaten entre comer o pagar los servicios, el Ejecutivo está paralizado, más ocupado en salvar la cabeza de un funcionario cuestionado que en gobernar para el país.
El “show” mediático que montó el jefe de Gabinete para intentar justificar sus inexplicables ahorros en negro fue, para la mayoría, un insulto a la inteligencia. Ni siquiera sus propios aliados pueden sostener el relato: desde el PRO hasta la propia vicepresidenta, Victoria Villarruel, ya no ocultan su asco ante la falta de ética del funcionario.
El costo de la impunidad libertaria
El Presidente Javier Milei parece vivir en otra realidad. A pesar del desgaste insoportable que genera mantener a un ministro bajo la lupa judicial, el mandatario sostiene a Adorni. Fuentes cercanas a Balcarce 50 lo dejan claro: “Milei no piensa como un político”. Y vaya si se nota. Mientras el Gobierno se subordina a la estrategia judicial de un solo hombre para que no termine tras las rejas, la gestión diaria es un barco a la deriva.
La reaparición del funcionario en los medios, lejos de apagar el incendio, echó más nafta al fuego. La excusa de las bitcoins y las declaraciones juradas “emprolijadas” a último momento no convencen ni a sus defensores más acérrimos.
La doble cara del poder
El nivel de cinismo llegó a su punto máximo durante el cumpleaños de Patricia Bullrich. Entre el humo de las internas y la “fingida demencia” de los funcionarios, el oficialismo intentó vender una unidad que no existe. Bullrich, que sabe muy bien qué cartas tiene en la mano, no dudó en clavarle el puñal por la espalda, calificando lo de Adorni como una “omisión ética”.
Lo que sucede es patético: el PRO, el oficialismo y la vicepresidencia están en una guerra de guerrillas constante. Se odian, se operan, pero se mantienen unidos por el miedo a perder el poder. Mientras el país se desangra, se preocupan por si Adorni tiene que ir a dar explicaciones al Senado en junio o en agosto.
Una gestión que agoniza
La situación es insostenible. La oposición ya pide su cabeza con una moción de censura y hasta dentro del propio oficialismo admiten que “le está complicando el laburo a todo el mundo”. Pero no hay coraje para el cambio. El Gobierno libertario sigue prisionero de sus propios escándalos, ignorando la realidad de una calle que ya no aguanta más esta pantomima.
¿Cuánto más podrá sostener Milei a un funcionario que, día tras día, le quita legitimidad a su gestión? El tiempo dirá, pero en la Rosada, la paciencia se agotó hace rato.