La verdadera temperatura de la economía argentina no se mide en los despachos blindados del Palacio de Hacienda ni en los foros financieros internacionales: se comprueba a diario frente a la línea de cajas de cualquier autoservicio de barrio o cadena de supermercados. Y en ese territorio concreto, la caída no encuentra piso. De acuerdo con los últimos registros de la Encuesta de Supermercados elaborada por el INDEC y los relevamientos de volumen de consultoras especializadas como Scentia, las ventas de bienes de primera necesidad sufrieron un derrumbe interanual de hasta el 8% en el último mes.
La cifra no constituye un tropezón aislado. Representa la confirmación de una tendencia implacable: la Argentina acaba de encadenar nueve meses consecutivos con números en rojo en el consumo de consumo masivo. La pretendida recuperación económica en forma de “V” pregonada por el presidente Javier Milei y el ministro Luis Caputo se extingue frente al changuito a medio llenar de la clase media y la clase trabajadora.
La canasta de subsistencia bajo ataque
Lo más alarmante del informe no es únicamente el porcentaje agregado de contracción, sino la composición del repliegue familiar. No estamos frente a una postergación en la compra de bienes durables o tecnología: la caída golpea el núcleo básico de la subsistencia humana:
- Lácteos y derivados: retrocedieron más de un 12% interanual, reflejando el abandono forzado de primeras marcas y la renuncia a productos básicos en hogares con niños.
- Carne vacuna y cortes populares: experimentan caídas de dos dígitos, empujando el consumo por habitante a mínimos históricos no vistos en más de un siglo.
- Artículos de tocador y limpieza: registran mermas superiores al 10%, con familias sustituyendo productos elementales o restringiendo su uso al mínimo indispensable.
Los hipermercados y mayoristas dan cuenta de un fenómeno revelador: la proliferación de compras fraccionadas por día o por semana, el uso generalizado de tarjetas de crédito en cuotas para pagar alimentos elementales y el colapso de las segundas y terceras marcas, que tampoco logran traccionar ante la escasez absoluta de circulante.
El freno de la demanda como método disciplinador
Desde la Casa Rosada se insiste en presentar la desaceleración del índice de precios como una victoria rotunda del modelo monetarista. Sin embargo, la contracción de nueve meses confirma el mecanismo perverso que opera detrás de ese fenómeno: la inflación no baja por un florecimiento de la competencia ni por una lluvia de inversiones productivas, sino por la muerte del mercado interno. Los precios encuentran un techo porque la billetera popular está vacía.
Al pulverizar el poder adquisitivo de las jubilaciones mediante bonos congelados, deprimir los salarios de convenio en paritarias pisadas por la Secretaría de Trabajo y aplicar tarifazos siderales sobre los servicios públicos, el Gobierno retiró de cuajo la demanda agregada de la economía. El resultado es una paz de cementerio: góndolas repletas de mercadería que nadie puede pagar y un aparato productivo obligado a apagar turnos porque no tiene a quién venderle lo producido.
La ruptura de la cohesión comunitaria
La mesa compartida ha sido históricamente en la Argentina el símbolo de la dignidad del hogar y el termómetro de la justicia social. Forzar a millones de familias a recortar comidas, sustituir nutrientes o depender de la asistencia solidaria de parroquias y comedores comunitarios no es una política de saneamiento fiscal: es una fractura del pacto social básico.
El modelo libertario pretende sostener un esquema donde la riqueza generada por la tierra y la energía se exporte sin valor agregado para cumplir compromisos externos, mientras la población local es condenada a la privación sistemática. Sin mercado interno no hay empresa nacional, y sin comida en la mesa no hay libertad concebible.