José Luis Santero, un atleta de Lomas de Zamora que desafió los diagnósticos médicos y las condiciones climáticas más extremas. “La vida no termina con un diagnóstico”, asegura tras hacer cumbre en el pico más alto de América.
El Aconcagua, con sus imponentes 6.962 metros, no perdona. El frío que cala los huesos, el viento que derriba voluntades y la falta de oxígeno son barreras que muchos deportistas de élite no logran superar. Sin embargo, para José Luis Santero, el desafío no era solo la montaña, sino una vida marcada por un giro drástico: la pérdida total de su visión a los 35 años.
La historia de Santero es la de una transformación radical. Hubo un tiempo en que su realidad era muy distinta: pesaba más de 100 kilos y fumaba dos paquetes de cigarrillos diarios. Un diagnóstico de retinosis pigmentaria y la advertencia de un médico en el Sanatorio Güemes fueron el punto de quiebre. El hombre que antes se asfixiaba con el tabaco, hoy respira el aire puro de las cumbres más altas del continente.
Una expedición al borde de lo imposible
El ascenso, concretado recientemente, no fue una excursión más. Fueron 13 días de subida enfrentando temperaturas de hasta 30 grados bajo cero. En el último campamento, a 6.000 metros de altura, la dureza del clima obligó a uno de los integrantes del equipo a abandonar. Santero, lejos de rendirse, continuó junto a su guía, Santiago.
“El frío era extremo, los dedos dolían a pesar de los guantes. En un momento mi mente me jugó una mala pasada y dudé, pero el objetivo estaba claro”, relató el atleta.
Para desplazarse en el terreno irregular y traicionero de la montaña, Santero utiliza un bastón guía con doble empuñadura y un bastón de trekking. No hubo helicópteros para el regreso; mientras que muchas expediciones extranjeras optan por el descenso aéreo, el equipo argentino bajó a pie en dos extenuantes jornadas de 10 horas cada una.
El motor detrás de la hazaña
Detrás de cada paso en la nieve, hay una motivación que trasciende lo físico. Santero confesó que su vínculo con la montaña nació después de quedar ciego y que cada ascenso es una forma de conectar con la memoria de su madre: “Siento que ella me extiende sus brazos y me acerco a ella”.
Además de su fortaleza mental, el apoyo de su pareja Lorena ha sido fundamental. Juntos dirigen un grupo de entrenamiento en Lomas de Zamora, demostrando que la discapacidad no es un límite, sino una circunstancia que se puede gestionar con disciplina y acompañamiento.
Lo que viene: El Sosneado
Lejos de conformarse con el techo de América, Santero ya tiene la mira puesta en su próximo objetivo: el Cerro Sosneado. Con casi 5.200 metros y apenas 23 cumbres documentadas en la historia, representa uno de los desafíos más técnicos y difíciles del país.
El mensaje de Santero para quienes atraviesan momentos de oscuridad es contundente y sirve como bandera de su presente: “Un diagnóstico no es una sentencia. Todos podemos tener sueños y la vida no termina ahí. Lo principal es no dejarse estar e ir siempre por más”.