EL AJUSTE SE COME LA PRODUCCIÓN: MÁS DE LA MITAD DE LAS EMPRESAS YA NO TIENE A QUIÉN VENDERLE

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El derrumbe del consumo interno empieza a golpear donde más duele: producción, salarios, empleo e inversión. Mientras el Gobierno celebra variables financieras, las pymes trabajan con máquinas paradas, márgenes mínimos y familias que cada vez compran menos.

La caída del consumo interno dejó de ser una sensación de comerciantes y trabajadores para convertirse en uno de los problemas más graves de la economía argentina. Más del 50% de las empresas del país considera que la insuficiencia de la demanda es uno de sus principales obstáculos. Traducido al idioma de la calle: la gente no compra, las empresas no venden y la rueda productiva empieza a frenarse.

Detrás de las planillas, los discursos oficiales y las celebraciones por determinados indicadores aparece una Argentina mucho más cruda. Hay pymes industriales que registran ventas entre un 30% y un 40% inferiores a las de hace dos años. Cuando desaparecen los clientes, las fábricas reducen producción, dejan máquinas apagadas, congelan inversiones y empiezan a mirar cada puesto de trabajo como un costo imposible de sostener.

LA ECONOMÍA REAL NO ENTRA EN EL RELATO

El problema es profundamente político porque ningún modelo económico puede considerarse exitoso mientras el mercado interno se desangra. El Gobierno podrá exhibir números financieros, hablar de equilibrio o mostrar tranquilidad en determinadas variables, pero en los barrios la economía se mide de otra manera: cuánto alcanza el sueldo, cuánto entra en el changuito y cuánto vende el negocio de la esquina.

La industria trabajó en mayo con apenas un 58,4% de utilización de su capacidad instalada, de acuerdo con los datos citados por representantes industriales. Eso significa que una parte enorme del aparato productivo está disponible, pero no encuentra suficiente demanda para ponerse en marcha.

No faltan máquinas. No falta conocimiento. Tampoco faltan trabajadores capaces de producir. Lo que falta es poder adquisitivo en millones de hogares argentinos.

Ese es el corazón del problema que golpea a la economía real.

MENOS SUELDO, MENOS CONSUMO Y MENOS TRABAJO

La caída del consumo interno genera además un círculo peligroso. Cuando el trabajador pierde capacidad de compra, reduce gastos. Al bajar las ventas, la empresa produce menos. Con una producción menor, aparecen dificultades para mejorar salarios, contratar personal o realizar nuevas inversiones.

Así se arma una verdadera trampa económica: salarios débiles generan menos consumo y el menor consumo termina debilitando todavía más a las empresas que dependen del mercado argentino.

La discusión salarial, entonces, no puede separarse de la producción. Una pyme que vende cada vez menos difícilmente pueda otorgar aumentos importantes de manera sostenida. Mucho menos puede pensar en incorporar trabajadores si ni siquiera sabe cuánto logrará colocar en el mercado durante los próximos meses.

Desde una mirada justicialista, el problema resulta evidente: sin trabajadores con capacidad de consumo no existe un mercado interno poderoso, y sin mercado interno miles de empresas nacionales pierden el piso sobre el cual desarrollarse.

LAS PYMES QUEDAN EN LA PRIMERA LÍNEA DEL GOLPE

Los sectores más afectados son justamente algunos de los que más trabajo argentino generan. Textiles, indumentaria, calzado, metalurgia, fundiciones, fabricantes de maquinaria, muebles y autopartes aparecen entre las actividades con mayores dificultades.

La situación expone una economía funcionando a dos velocidades. Por un lado, minería, petróleo, gas y determinadas actividades exportadoras encuentran mejores perspectivas. Del otro quedan miles de empresas vinculadas directamente con el bolsillo del argentino común, obligadas a sobrevivir en un mercado cada vez más chico.

El riesgo social de semejante esquema es enorme. Las actividades más golpeadas por la falta de consumo también son intensivas en empleo, especialmente en grandes centros urbanos y en el conurbano bonaerense. Cuando esas empresas retroceden, el daño no termina en una estadística industrial: puede convertirse en suspensiones, pérdida de puestos de trabajo, caída salarial y nuevos focos de pobreza.

LA ARGENTINA PRODUCTIVA NECESITA QUE VUELVA EL CONSUMO

La inversión tampoco aparece por generación espontánea. Antes de ampliar una fábrica, contratar empleados o comprar maquinaria, cualquier empresario necesita comprobar que habrá compradores para lo que produzca.

Con semejante capacidad ociosa, una recuperación inicialmente permitiría volver a encender máquinas que hoy permanecen detenidas. Recién después, si la demanda se sostuviera, podrían comenzar a recuperarse turnos de trabajo, empleo e inversiones.

A eso se agrega otro problema: el crédito en pesos dejó de funcionar con fuerza como motor para numerosos sectores productivos, mientras las tasas elevadas, los costos, la energía y las dificultades de financiamiento continúan condicionando decisiones empresariales.

Argentina queda así atrapada en una contradicción cada vez más visible. El Gobierno necesita mostrar una economía ordenada, pero buena parte del entramado productivo necesita algo muchísimo más básico: clientes.

UN MODELO NO SE MIDE SOLAMENTE EN UNA PLANILLA

La verdadera recuperación económica no puede reducirse a indicadores financieros. Se mide cuando una familia recupera poder adquisitivo, cuando el almacén vuelve a vender, cuando una pyme aumenta un turno, cuando una fábrica incorpora trabajadores y cuando el empresario vuelve a invertir porque sabe que tendrá mercado.

Desde la perspectiva editorial de Info del Plata, ahí aparece la gran deuda del rumbo económico actual: poner el orden de las cuentas por encima de la recuperación efectiva del consumo puede terminar dejando una economía prolija en algunos papeles, pero profundamente lastimada en la calle.

Porque cuando más de la mitad de las empresas advierte que le faltan compradores, ya no alcanza con hablar de expectativas.

Hay una alarma encendida en la Argentina productiva.

Y detrás de cada persiana que vende menos, de cada máquina detenida y de cada salario que perdió capacidad de compra hay una misma pregunta que el Gobierno todavía debe responder: ¿de qué sirve ordenar la economía si millones de argentinos ya no tienen plata para hacerla funcionar?

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