“SÍ, YA LLEGUÉ”: EL MENSAJE MACABRO DE LOS ASESINOS A LA VIUDA DEL REMISERO MIENTRAS ÉL MORÍA DESANGRADO

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La Matanza sangra y el Gobierno mira para otro lado. A Eduardo lo fusilaron por un celular a las 6 de la mañana cuando salía a laburar para pelearle a la inflación. La crueldad extrema: los delincuentes usaron el teléfono de la víctima para engañar a su esposa. Dos primos detenidos, pero la sensación de abandono es total.


La Argentina de hoy duele, y duele en el bolsillo y en el cuerpo. Mientras desde las oficinas refrigeradas de la Rosada nos hablan de “ajustes necesarios” y “protocolos de seguridad” de cartón, en el barro del conurbano la vida vale menos que un chip de telefonía. El domingo, el barrio de San Justo fue el escenario de una película de terror que terminó con la vida de Eduardo Gómez, un laburante de 53 años que se levantó antes que el sol para tratar de ganarle a la crisis.

Una trampa mortal y un mensaje de ultratumba

Eran las 6:30 de la mañana. Eduardo caminaba a su puesto de trabajo, una rutina que hoy en día es una ruleta rusa. Dos “motochorros” —esos dueños de la calle que proliferan ante la ausencia de un Estado protector— lo emboscaron. Eduardo, con la dignidad de quien no quiere que le quiten lo suyo, intentó defenderse con un palo. No hubo piedad.

Un disparo seco en la pierna izquierda le perforó la arteria femoral. Mientras Eduardo se desangraba en el asfalto, los asesinos no solo se llevaron su celular: se llevaron su humanidad. Cuarenta minutos después del ataque, la mujer de Eduardo, con el corazón en la boca por la inseguridad que azota a La Matanza, le mandó un mensaje para saber si estaba bien. La respuesta llegó: “Sí, ya llegué”. Un alivio falso. No era Eduardo. Eran los asesinos, que con una frialdad que eriza la piel, desbloquearon el aparato y le mintieron a la futura viuda mientras su marido agonizaba en el Hospital Paroissien.

Primos de la muerte y un Estado ausente

La Policía Bonaerense logró detener a los presuntos autores: Dylan Portillo (20) y su primo Brian (31). El cinismo no tiene límites: a Brian lo agarraron cuando fue a la comisaría a “preguntar” por su primo. Se creían impunes, se sentían los dueños de la calle.

Pero el problema no son solo estos dos delincuentes. El problema es un modelo de país donde el docente Cristian Pereyra también fue asesinado este fin de semana en Virrey del Pino mientras hacía de chofer de aplicación para poder llegar a fin de mes. En el caso de Pereyra, el acusado es un policía del UTOI. ¿Quién nos cuida si el que tiene que protegernos dispara y el que tiene que gestionar mira las planillas de Excel?

“A Eduardo lo mató la bala de un chorro, pero lo sentenció un sistema que deja a los trabajadores a merced de las fieras mientras se desmantela la red social”, afirman los vecinos indignados.

Justicia, un pedido que suena a utopía

El fiscal Adrián Arribas tiene ahora la tarea de procesar a estos sujetos. Pero para la familia de Eduardo, el daño es irreparable. El celular todavía no apareció, pero lo que realmente se perdió fue la paz de una familia trabajadora que hoy llora a un hombre que solo quería cumplir con su jornada.

Mientras la política sigue en su torre de marfil, en San Justo se reza por los muertos y se sale a la calle con el testamento en el bolsillo. ¿Hasta cuándo, señores? ¿Hasta cuándo el hambre y las balas van a ser el único pan diario del pueblo?

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