EL PAN YA ES UN LUJO: LAS VENTAS CAYERON 60% Y LAS PANADERÍAS QUEDARON AL BORDE DEL CIERRE

Compartir

La caída de la venta de pan alcanzó el 60% y el consumo de facturas se desplomó un 85% durante el último año y medio. Con el kilo cerca de los 5.000 pesos, miles de familias comenzaron a comprar porciones mínimas mientras las panaderías reducen personal y luchan para no desaparecer.

La crisis económica golpeó de lleno a uno de los símbolos más tradicionales de la mesa argentina. La venta de pan cayó un 60% durante el último año y medio, mientras que la comercialización de facturas se derrumbó un 85%, según advirtieron representantes de los trabajadores del sector panadero.

El dato refleja una realidad que ya no puede esconderse detrás de estadísticas financieras ni discursos oficiales. En los barrios, las familias dejaron de comprar por kilo y comenzaron a pedir dos flautitas, algunas unidades o apenas 2.000 pesos de pan. El objetivo ya no es llenar la bolsa, sino llevar a casa lo mínimo indispensable.

Con el kilo rondando los 5.000 pesos en la Ciudad de Buenos Aires, el pan comenzó a transformarse en un producto difícil de sostener dentro del presupuesto familiar. Mientras el Gobierno nacional celebra supuestos logros macroeconómicos, el consumo popular continúa retrocediendo y la comida cotidiana desaparece lentamente de las mesas.

“LA PLATA NO ESTÁ ALCANZANDO”

Daniel Rodríguez, representante de la Unión de Personal de Panaderías y Afines, resumió la situación con una frase contundente: “La plata no está alcanzando”. Su descripción coincide con lo que se observa diariamente en comercios de toda la Ciudad y el conurbano.

Tiempo atrás, una familia compraba un kilo de pan o hasta dos docenas de facturas. Actualmente, muchos clientes preguntan cuánto pueden llevarse con una suma determinada y eligen solamente algunas piezas. Esta modificación en los hábitos de consumo no responde a una elección cultural, sino a una pérdida sostenida del poder adquisitivo.

La política económica del gobierno de Javier Milei profundizó una Argentina donde los trabajadores deben calcular hasta la cantidad de pan que compran. El ajuste sobre salarios, jubilaciones y pequeñas empresas golpea directamente al mercado interno, destruyendo el consumo que históricamente sostuvo al comercio de cercanía.

LAS PANADERÍAS DE BARRIO, BAJO AMENAZA

El modelo tradicional de panadería artesanal también se encuentra en peligro. Estos establecimientos requieren hornos, depósitos, salones amplios, trabajadores especializados y un consumo importante de gas y electricidad.

Frente a esos costos, el pan industrializado de los supermercados avanza porque suele ofrecer precios más bajos, aunque su calidad sea diferente. Las panaderías familiares, que durante décadas formaron parte de la identidad de cada barrio, quedan atrapadas entre tarifas elevadas, alquileres impagables y materias primas cada vez más costosas.

Algunos propietarios incluso evalúan vender los inmuebles o abandonar la actividad porque la construcción y los negocios inmobiliarios resultan más rentables. Cuando una panadería cierra, no desaparece solamente un comercio: también se pierden puestos de trabajo, conocimiento artesanal y una parte de la vida comunitaria.

Los tarifazos sobre la luz y el gas representan otra amenaza para un sector que necesita mantener hornos encendidos durante largas jornadas. Sin una política de protección para las pequeñas y medianas empresas, las panaderías quedan expuestas a un mercado que favorece la concentración y expulsa a los productores más chicos.

MENOS CALIDAD PARA SOBREVIVIR

La crisis obliga a muchos comerciantes a modificar ingredientes y procesos para reducir costos. Una gran parte de las facturas se produce con margarina en lugar de manteca, mientras los huevos frescos son reemplazados por productos líquidos o en polvo.

También se utilizan alternativas más económicas para la levadura y otras materias primas. Estas decisiones no responden necesariamente a una falta de compromiso de los panaderos, sino a la necesidad de mantener precios que todavía puedan ser pagados por una población empobrecida.

El comerciante queda atrapado en una situación imposible: si aumenta los precios, vende menos; si sostiene los valores, pierde rentabilidad; y si baja la calidad, arriesga su prestigio. En cualquiera de los escenarios, el ajuste termina cayendo sobre el trabajador, el pequeño empresario y el consumidor.

EMPLEOS QUE DESAPARECEN Y SALARIOS QUE NO ALCANZAN

El deterioro también afecta al empleo. Durante los últimos ocho meses, numerosos puestos que quedaron vacantes no fueron reemplazados. Una panadería que antes tenía doce empleados ahora puede funcionar con nueve, obligando al personal restante a cumplir varias tareas al mismo tiempo.

Las vendedoras colaboran con la cocina, los elaboradores atienden otras funciones y cada trabajador debe cubrir los espacios que deja el ajuste. Esta sobrecarga laboral se produce mientras los salarios pierden capacidad para sostener una familia.

Un aprendiz puede cobrar cerca de un millón de pesos mensuales, un ayudante alrededor de 1,2 millones y un oficial aproximadamente 1,4 millones. Sin embargo, esos ingresos resultan insuficientes frente al costo de los alimentos, la vivienda, los servicios y el transporte.

Por esa razón, muchos empleados salen de la panadería y continúan trabajando como conductores o repartidores de aplicaciones. El pluriempleo dejó de ser una excepción y se convirtió en una estrategia de supervivencia.

UNA ARGENTINA QUE SE ACERCA A UN LÍMITE PELIGROSO

La gravedad del panorama llevó a representantes del sector a comparar la situación actual con los meses previos a la crisis de 2001. El empleo se precariza, las pequeñas empresas pierden rentabilidad y las instituciones laborales tienen cada vez menos herramientas para contener el deterioro.

Desde una mirada peronista, el problema central resulta evidente: sin salarios dignos no existe consumo, sin consumo no hay producción y sin producción desaparece el trabajo. La economía no puede organizarse únicamente para satisfacer a los mercados financieros mientras los argentinos dejan de comprar pan.

El peronismo doctrinario siempre sostuvo que el capital debe estar al servicio de la economía y la economía al servicio del bienestar social. Cuando una familia debe elegir entre pagar una boleta o comprar alimentos, el modelo económico perdió todo sentido humano y productivo.

Las celebraciones, los partidos de fútbol o algunas fechas especiales pueden generar un pequeño aumento en las ventas de prepizzas, panes o sándwiches. No obstante, esos movimientos duran pocos días y luego el consumo vuelve a caer.

La emergencia social ya ingresó a las panaderías. Se observa en las góndolas, en los hornos que se apagan, en los puestos que no se reemplazan y en las bolsas cada vez más pequeñas que llevan los clientes.

El pan, símbolo histórico del trabajo y la dignidad, se convirtió en otra víctima del ajuste. Mientras el Gobierno insiste en mostrar una economía ordenada, millones de argentinos viven una realidad muy distinta: la plata no alcanza y hasta lo más básico empieza a convertirse en un lujo.

Compartir
Dejar comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *