Un conductor fue descubierto con 1,34 gramos de alcohol por litro de sangre y una licencia apócrifa. El episodio vuelve a encender una alarma brutal sobre los controles, la seguridad vial y un Estado que no puede permitirse reaccionar recién cuando el peligro ya está circulando.
Un conductor ebrio con licencia falsa en la autopista Riccheri quedó expuesto durante un operativo realizado en el peaje Agüero y protagonizó una escena que podría haber terminado en tragedia. Tenía 33 años, circulaba con 1,34 gramos de alcohol por litro de sangre y presentó ante los agentes una documentación que, tras ser revisada, resultó apócrifa.
No se trataba solamente de alguien que había tomado de más. El hombre tampoco tenía una licencia habilitante vigente y, aun así, estaba manejando por una de las principales vías de acceso al Área Metropolitana de Buenos Aires. Una combinación explosiva que pone nuevamente sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cuántos conductores circulan en condiciones similares antes de que un control consiga detenerlos?
El episodio ocurrió durante la madrugada del domingo, cuando agentes de la Agencia Nacional de Seguridad Vial realizaban controles de alcoholemia. El resultado encendió inmediatamente las alarmas: 1,34 gramos de alcohol por litro de sangre, una cifra que confirmó que estaba manejando alcoholizado.
UNA LICENCIA TRUCHA Y UNA RESPUESTA QUE DEJÓ A TODOS HELADOS
Cuando los agentes revisaron la Licencia Nacional de Conducir presentada por el automovilista encontraron diferencias en la impresión y la ausencia de medidas de seguridad obligatorias, entre ellas el tinte UV que puede observarse mediante luz ultravioleta.
La consulta posterior al Sistema Nacional de Licencias de Conducir confirmó algo todavía más grave: el hombre no poseía una licencia vigente que lo habilitara para manejar.
En el intercambio registrado durante el procedimiento, uno de los agentes le preguntó dónde había conseguido el documento falso. La respuesta sorprendió todavía más: el conductor aseguró que no la había comprado, sino que la había hecho.
La escena parece absurda, pero ocurrió en una autopista argentina y con una persona conduciendo un vehículo real, rodeada de familias y trabajadores que podían cruzarse con él en cualquier momento.
Aquí aparece el problema de fondo. Celebrar que un control finalmente detectó al infractor no alcanza. La verdadera emergencia es que un conductor ebrio con licencia falsa en Riccheri logró ponerse al volante y llegar hasta una autopista antes de ser interceptado.
MÁS DE 80 ALCOHOLEMIAS POSITIVAS EN UN SOLO OPERATIVO
Los números conocidos después del procedimiento profundizan la preocupación. Durante el operativo fueron fiscalizados alrededor de 2.300 vehículos y 91 conductores terminaron sancionados.
De ese total, nada menos que 83 personas dieron positivo en los controles de alcoholemia.
Es decir, el caso de la licencia trucha fue el más escandaloso, pero estuvo lejos de ser el único problema detectado durante esa madrugada.
Estos números deberían sacudir a cualquier gobierno que pretenda hablar seriamente de seguridad. Porque mientras desde los escritorios se multiplican discursos sobre orden, responsabilidad individual y cumplimiento de la ley, en las rutas la realidad puede ser bastante más cruda.
La seguridad vial no puede reducirse a una multa después de encontrar al infractor. Hace falta prevención, controles permanentes, presencia efectiva del Estado y una política que ponga la vida por encima de cualquier ajuste presupuestario o discurso de ocasión.
UNA MULTA MILLONARIA Y UNA CAUSA JUDICIAL
Después de descubrir las irregularidades, las autoridades labraron el acta correspondiente y dispusieron una multa superior a los 4,4 millones de pesos.
También se ordenó la retención del vehículo y se dio intervención a la Justicia ante la posible comisión del delito de falsificación de documento público, contemplado por el Código Penal.
La licencia física posee distintos mecanismos destinados precisamente a evitar este tipo de maniobras. Entre ellos aparecen el tinte UV, un número de insumo único y un código individual de seguridad.
Además, mediante el sistema nacional los agentes pueden comprobar en tiempo real si una licencia es auténtica, si está vigente y si la persona que la presenta se encuentra realmente habilitada para manejar.
NO ALCANZA CON LLEGAR DESPUÉS
El operativo permitió sacar de circulación a un conductor que representaba un riesgo enorme. Eso es indiscutible. Sin embargo, convertir cada procedimiento exitoso en una simple estadística oficial sería mirar apenas una parte del problema.
Cuando 83 conductores alcoholizados aparecen en una sola fiscalización, la discusión deja de ser individual. Hay una alarma social que exige políticas sostenidas, educación vial, controles constantes y un Estado presente antes de que haya muertos sobre el asfalto.
La Argentina ya conoce demasiado bien el resultado de naturalizar la imprudencia hasta que ocurre una tragedia.
El hombre de la Riccheri terminó sin vehículo, con una multa millonaria y bajo investigación judicial. Otros conductores quizás nunca llegaron al control.
Y ése debería ser el dato que más preocupe.