El equipo económico encabezado por Luis Caputo celebró en redes sociales una nueva marca mensual de superávit financiero. Sin embargo, detrás del festejo publicitario, las planillas oficiales de la Secretaría de Hacienda y del Banco Central exhiben una realidad crítica: el modelo entró en una fase de rendimientos decrecientes donde el ajuste fiscal se muerde la cola. La caída vertical del consumo y la actividad económica interna pulverizó la recaudación de impuestos clave como el IVA y Ganancias, licuando el margen operativo del Tesoro y dejando al Gobierno por debajo de los compromisos de acumulación de reservas netas sellados con el Fondo Monetario Internacional.
Lejos de sanear la economía, el recorte del gasto público derivó en un estrangulamiento de los ingresos fiscales. Al destruir el poder adquisitivo de los salarios y de los haberes previsionales, la recaudación real retrocedió a niveles alarmantes, obligando a los funcionarios a recurrir a contabilidad creativa y a postergar pagos a proveedores y generadoras de energía para simular un equilibrio financiero inexistente.
Los dólares de la cosecha se esfuman en la timba
El dato que encendió las alarmas en Washington es la incapacidad del Banco Central para retener los dólares de las exportaciones agropecuarias. Pese a los volúmenes récords liquidados por el campo durante la campaña, las reservas netas de la autoridad monetaria permanecen en terreno negativo.
El Gobierno optó por quemar las divisas en el mercado financiero secundario para pisar artificialmente las cotizaciones de los dólares paralelos y sostener la ficción desinflacionaria. En lugar de blindar el comercio exterior o cancelar capital productivo, los dólares del suelo argentino terminaron financiando el atesoramiento privado de grandes fondos especulativos y alimentando la remisión de dividendos al exterior. El FMI ya advirtió que la política de intervención en la brecha cambiaria atenta directamente contra la capacidad de repago del país, poniendo en tela de juicio los próximos desembolsos.
Jubilaciones y salarios: el precio de la sumisión
El costo material de este experimento económico lo sostienen cotidianamente los sectores más indefensos de la comunidad argentina. Más del 60% del ajuste del gasto primario ejecutado por la administración libertaria se descargó sobre las espaldas de la previsión social: jubilaciones que perdieron su poder de compra frente a la canasta básica de alimentos y medicamentos, congelamiento del bono extraordinario y la quita de cobertura médica integral en el PAMI.
A ello se suma la parálisis total de la obra pública en las provincias, que dejó a más de 150.000 obreros de la construcción en la calle, y la asfixia inducida a las economías regionales. El sufrimiento popular impuesto con el pretexto de que “era el único camino” no derivó en una economía sólida ni en el retorno del crédito, sino en una recesión prolongada con desocupación en ascenso y desamparo estatal.
Sin soberanía no hay equilibrio posible
La historia económica argentina demuestra de manera recurrente que los planes de ajuste ortodoxo tutelados por el Fondo Monetario fracasan indefectiblemente. No existe estabilidad duradera sobre el cementerio del consumo popular y la quiebra de la industria nacional. El superávit genuino, soberano y sustentable solo surge cuando la rueda de la producción se pone en marcha, cuando los trabajadores perciben sueldos dignos que dinamizan los comercios de barrio y cuando el Estado conduce el proceso económico protegiendo el interés nacional frente a las apetencias de la especulación financiera internacional.