Representantes de la industria manufacturera y pequeñas empresas advirtieron que la recesión provocada por el Palacio de Hacienda destruye la producción local. Con plantas históricas que cierran sus portones y suspensiones en todo el territorio, alertan que sin mercado interno no hay capitalismo viable.
El entramado fabril argentino atraviesa una de las encrucijadas más críticas de su historia. Dirigentes de la Unión Industrial Argentina (UIA), acompañados por cámaras metalúrgicas, textiles, alimenticias y representantes de las pequeñas y medianas empresas de todo el país, rompieron el silencio protocolar para advertir que el rumbo trazado por el ministro de Economía, Luis Caputo, y el presidente Javier Milei conduce de manera directa a la desindustrialización generalizada del país.
La señal de alarma ya no parte únicamente de los sindicatos que ven caer miles de puestos formales cada mes: proviene del corazón mismo del capital productivo nacional. El cierre definitivo de establecimientos de larga data en el interior y la suspensión de turnos completos en el conurbano bonaerense, Santa Fe y Córdoba exponen el agotamiento del dogma del libre mercado a ultranza.
La tenaza letal: tarifazos, recesión e importaciones
El diagnóstico de las entidades industriales detalla una triple asfixia que pulveriza la rentabilidad operativa de cualquier taller o planta elaboradora:
- Colapso del consumo interno: Con salarios congelados y jubilaciones deprimidas por el ajuste fiscal, la demanda masiva en góndolas, ferreterías y tiendas de indumentaria se derrumbó a niveles históricos. Nadie produce si no hay a quién venderle.
- Costos energéticos impagables: Las boletas de gas y electricidad comercial registraron subas acumuladas exorbitantes, fijadas sobre parámetros dolarizados que castigan la manufactura intensiva.
- Competencia desleal por importaciones: Mientras se sobrecargan de impuestos locales a los productores que invierten en la Patria, el Gobierno facilita la entrada de bienes terminados de bajo costo desde el sudeste asiático, liquidando ramas enteras como calzado, línea blanca y autopartes.
La falacia de la “competitividad” libertaria
El relato oficial insiste en calificar a la protección industrial como un privilegio corporativo. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que ningún país industrializado del mundo entrega su aparato manufacturero a la especulación financiera ni desprotege el trabajo de su población.
Empresarios que arriesgan su patrimonio en suelo argentino remarcan que no temen a la competencia genuina, sino a la asimetría impuesta por el Estado: tasas de financiamiento usurarias para capital de trabajo, quiebre de la cadena de pagos y una carga tributaria regresiva que no baja, mientras a los grandes capitales especulativos se les ofrece salida libre y blanqueos a medida.
Sin industria no hay Nación
Desde el pensamiento peronista, la industria nacional y su clase trabajadora constituyen la columna vertebral de la soberanía. El intento de retrotraer a la Argentina a una factoría meramente agroexportadora y minera expulsa del mapa socioeconómico a millones de familias trabajadoras que habitan los cordones industriales.
El grito de alerta de la industria no es una puja sectorial: es la constatación empírica de que el modelo del Palacio de Hacienda carece de futuro productivo. Cuando una fábrica baja sus persianas, no solo se pierde producción; se pierde el oficio de generaciones, se destruye la movilidad social ascendente y se hipoteca el destino soberano de la Patria.