¿Te preguntaste alguna vez adónde va la plata que ya no te alcanza para los remedios, el supermercado o la boleta de luz? No se evaporó. Cambió de manos. Mientras el presidente Javier Milei tuitea desde la comodidad de Olivos sobre supuestos éxitos económicos, en las sombras de la City porteña se está ejecutando una de las transferencias de riqueza más brutales de nuestra historia.
En las últimas horas, el riesgo país volvió a encender las alertas rozando los 640 puntos. Pero ojo, este número que parece lejano tiene dueños y víctimas. Las víctimas son las persianas que bajan en los barrios, las PyMEs que no pueden pagar un crédito productivo porque las tasas las asfixian, y los jubilados a los que les tiran un bono de limosna de $70.000 que la inflación de farmacia ya se devoró.
Los dueños del número, en cambio, festejan. Con la venia del Ministerio de Economía, los especuladores armaron la “bicicleta financiera” perfecta: compran bonos basura, aprovechan tasas irreales, inflan ganancias en pesos y luego huyen al dólar, amparados por un modelo de desregulación y zona liberada. Incluso el JP Morgan, faro de Wall Street, ya empezó a recortar estimaciones para la Argentina, recomendándole a sus clientes más selectos que se cubran. Cuando los de afuera dicen “cuidado”, es porque la fiesta la estamos pagando los de adentro.
La doctrina libertaria prometió combatir a “la casta”, pero terminó construyendo un paraíso para los bancos y las cuevas financieras. No hay independencia económica cuando nuestra soberanía está atada a los caprichos de la especulación. No hay justicia social cuando el Estado celebra el hambre como si fuera una meta fiscal. El relato del superávit está manchado de miseria, y la paciencia del pueblo tiene un límite que ningún algoritmo puede ocultar.