¡CINISMO TOTAL! EL GOBIERNO DICE QUE NO SE COME CARNE POR «CAMBIO DE HÁBITOS» Y NO POR EL AJUSTE

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La desconexión entre el relato oficialista y la vida cotidiana de las familias argentinas alcanzó un nuevo pico de provocación. Frente a las estadísticas del sector cárnico que ubican el consumo de carne vacuna en mínimos no vistos desde que se llevan registros estadísticos regulares, los voceros de la Casa Rosada y del Palacio de Hacienda ensayaron una respuesta desprovista de toda empatía: afirmaron que no se trata de una contracción económica provocada por el ajuste, sino de una «evolución de hábitos de consumo» y del fin del «comportamiento defensivo» de los compradores.

Bajo esta óptica tecnocrática, la desaparición del bife, la milanesa o el tradicional asado de los fines de semana no respondería a la pérdida de poder adquisitivo de los salarios y de las jubilaciones, sino a una supuesta preferencia libre por el pollo, el cerdo o dietas alternativas. La maniobra discursiva pretende naturalizar el empobrecimiento colectivo convirtiendo una privación material forzada en una libre elección de mercado.

Estadísticas que condenan al modelo Los datos de la industria frigorífica desmienten de cuajo la narrativa libertaria. El consumo interno de carne vacuna perforó pisos alarmantes, ubicándose en valores por debajo de los 45 kilos por habitante al año, arrastrado por aumentos desmedidos en los mostradores que triplicaron el ritmo de recomposición de los ingresos fijos. Las carnicerías de los barrios obreros reportan caídas sistemáticas en las ventas por volumen y el reemplazo desesperado por cortes de menor rendimiento o menudencias.

La política de desregulación total y apertura indiscriminada impulsada por el ministro de Economía, Luis Caputo, favoreció la canalización de saldos exportables hacia el exterior a expensas de desabastecer y encarecer el consumo de las familias argentinas. El productor ganadero mediano y la pequeña industria frigorífica que abastece al mercado local sufren los mismos costos desorbitados de energía y combustibles, mientras las grandes corporaciones concentradas del comercio exterior capturan las rentas extraordinarias sin derramar un solo peso en el entramado social.

El robo de un patrimonio cultural y popular En la Argentina, la carne nunca fue una mercancía abstracta ni un indicador suntuario: es el nervio central de la mesa familiar, el punto de encuentro de las generaciones y el símbolo concreto de la dignidad del trabajador. Decirle a un jubilado que cobra la mínima o a un operario industrial que compra alitas de pollo «porque cambió sus gustos» es un agravio que desnuda la crueldad ideológica del gobierno libertario. El rey está desnudo, pero pretende convencer a los ciudadanos de que pasar privaciones en la carnicería es una muestra de modernidad libertaria.

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