Detrás de la retórica técnica y los discursos de equilibrio contable ante organismos internacionales, el proyecto de Presupuesto presentado por el Poder Ejecutivo contiene un golpe demoledor contra los sectores más postergados de la sociedad. De acuerdo con el análisis pormenorizado de las planillas de gasto del Palacio de Hacienda realizado por Info del Plata, las partidas asignadas a la compra directa de alimentos y asistencia a comedores comunitarios sufrirán una contracción real del 10% el próximo año.
Este ajuste no constituye un hecho aislado: empalma con el desguace iniciado a finales de 2023. Al medir el poder adquisitivo de los recursos destinados al sostenimiento nutricional de barrios populares, la sangría real supera ya el 50% acumulado. En la práctica cotidiana de las barriadas del conurbano bonaerense y de las capitales provinciales, esto representa menos kilos de harina, menos leche en polvo y miles de comedores vecinales obligados a racionar la ración o cerrar definitivamente sus puertas.
Superávit sobre el desamparo social Mientras el ministro de Economía, Luis Caputo, se jacta en los foros financieros del superávit primario, la contracara es el congelamiento de la red de contención social. Los fondos que el Estado retacea no van a engrosar la inversión productiva ni a reactivar el mercado interno: se destinan religiosamente a blindar la especulación financiera y al pago de intereses de deuda ilegítima.
Las madres comunitarias y referentes barriales que sostienen a pulso los comedores denuncian que las partidas no sólo llegan licuadas por el proceso inflacionario, sino que la burocracia oficial interpone trabas sistemáticas para la entrega de mercadería física. Mientras el precio de la carne, las verduras y los lácteos se vuelve inaccesible para los salarios mínimos y las jubilaciones de hambre, la Casa Rosada decide que el ancla del ajuste siga siendo el estómago de los niños y de los ancianos que acuden en busca de una taza de mate cocido caliente.
La insensibilidad convertida en dogma de Estado El discurso libertario insiste en presentar a la asistencia alimentaria como un «gasto prescindible» o un terreno de sospecha permanente, criminalizando la solidaridad comunitaria. Sin embargo, los números del propio presupuesto desmienten cualquier pretensión de eficiencia: eliminar la red social básica de una nación empobrecida no genera estabilidad, sino una fractura social insalvable. Un país donde la infancia no come adecuadamente es un país al que se le condena su futuro soberano y su capacidad de desarrollo industrial.