La Quinta Presidencial de Olivos dejó de ser una residencia de Estado para transformarse en un fortín custodiado por la desconfianza más cruda. Por orden directa de Javier Milei y con el aval estricto de la Secretaría General de la Presidencia, se ejecutó una purga fulminante: todo el personal civil de mozos, cocina y maestranza fue apartado de sus funciones habituales. La acusación subterránea que bajó desde el despacho presidencial no deja margen para el asombro: el mandatario sospecha que los trabajadores filtran información íntima, detalles de la gestión y los estallidos de furia de la mesa chica a periodistas y operadores de redes sociales.
La respuesta oficial ante el pánico al qué dirán rozó el absurdo institucional. En lugar de procesar los trascendidos como parte de las tensiones lógicas de cualquier gobierno desgastado por el ajuste, el Ejecutivo resolvió sustituir al personal de carrera por efectivos en servicio activo de las Fuerzas Armadas. Desde esta semana, uniformados de las distintas fuerzas deben encargarse del tendido de mesas, la preparación de alimentos y el aseo cotidiano de los chalets presidenciales.
Militares para servir el café El contraste desnuda la contradicción intrínseca del relato oficialista. Quienes prometieron reivindicar a las Fuerzas Armadas en los actos protocolares terminan degradando su función operativa al colocarlas a barrer pasillos y servir café bajo la sospecha paranoica de que un civil con delantal representa una amenaza a la seguridad nacional.
Fuentes del entorno desplazado confirmaron a este medio que el clima en la residencia venía enrarecido desde hacía semanas. El hermetismo que rodea a Karina Milei y a los asesores del círculo íntimo impuso requisas personales, restricciones severas para portar teléfonos móviles en zonas comunes y un escrutinio asfixiante sobre cualquier conversación cotidiana. El desenlace fue el despido y reasignación de empleados que, en muchos casos, contaban con décadas de servicio impecable a través de distintas administraciones democráticas.
El rey desnudo teme al testigo Detrás de la militarización doméstica se esconde un síntoma político inocultable: la fragilidad emocional del proyecto libertario. Cuando un gobierno carece de cohesión social, cuando el ajuste castiga a los jubilados y destruye el aparato productivo nacional, el pánico a que trascienda la verdad puertas adentro se vuelve incontrolable. Al Presidente no le preocupan los espías extranjeros ni las corporaciones financieras que saquean la economía real; le teme a la mirada digna del trabajador que ve, en primera persona, cómo se derrumba el relato oficial entre las paredes de Olivos.