Datos oficiales del sector revelan que los argentinos consumen menos leche que durante las peores crisis económicas modernas. Con precios desregulados y salarios licuados, las familias recortan en nutrientes esenciales, generando un daño irreversible en la alimentación de los más chicos.
Una estadística fría acaba de ponerle cifras a la tragedia cotidiana que se vive en los comedores escolares, en los barrios obreros y en los hogares de clase media. De acuerdo con el último balance del Observatorio de la Cadena Láctea Argentina (OCLA), el consumo anualizado de leche per cápita retrocedió a 156 litros equivalentes por habitante, marcando el registro más bajo de las últimas tres décadas y media, superando incluso los registros negativos del colapso del año 2002.
El fenómeno no responde a transformaciones culturales ni a cambios en las pautas dietarias de la población, sino a una drástica pérdida de ingresos disponibles frente a la disparada en el valor del sachet y sus derivados. Quesos blandos, yogures infantiles y mantecas han desaparecido por completo de la canasta habitual de compras de millones de familias, siendo reemplazados por infusiones con escaso valor proteico.
El mate cocido reemplaza a la copa de leche
La radiografía en el terreno territorial es desgarradora. Docentes y directivos de escuelas públicas de la provincia de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba señalan que la demanda en los desayunos y meriendas escolares creció de manera exponencial, al tiempo que los chicos llegan a las aulas manifestando debilidad física por la falta de nutrientes indispensables para el desarrollo cognitivo.
“Antes las familias recortaban en salidas o en ropa; hoy el ajuste llegó a la heladera de los chicos. Vienen las madres llorando a la dirección porque no pueden comprar dos sachets de leche por semana para sus hijos”, relató una vicedirectora de una escuela primaria de La Matanza. La sustitución de lácteos por agua saborizada o infusiones azucaradas anticipa un cuadro de déficit de calcio y desnutrición infantil que marcará a una generación entera.
El doble golpe: tambos fundidos y góndolas caras
La paradoja del modelo económico es que este derrumbe del consumo no beneficia siquiera a los productores del campo. Los tambos del interior santafesino y cordobés continúan cobrando valores que no cubren los costos operativos de alimentación del ganado y tarifas de electricidad, provocando el cierre definitivo de cientos de establecimientos tamberos familiares en lo que va del año. Mientras la concentración industrial y las grandes cadenas de supermercados fijan márgenes abusivos, el pueblo trabajador queda privado del alimento más básico de la dieta humana.