Aunque el Poder Ejecutivo promociona la baja de la inflación general al 1,9%, el propio informe del organismo estadístico revela que el costo de vida básico superó el millón seiscientos mil pesos. Los rubros de tarifas y vivienda encabezaron las subas, devorando el poder adquisitivo de la clase trabajadora.
La distancia entre las celebraciones oficiales en redes sociales y la vida concreta en los barrios populares volvió a ensancharse esta mañana con la difusión de los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). De acuerdo con el informe de valorización mensual, un hogar conformado por dos adultos y dos menores de edad necesitó percibir un ingreso mínimo de $1.632.505 durante septiembre para no situarse por debajo del umbral de la pobreza.
El mismo estudio determinó que la Canasta Básica Alimentaria (CBA), que define el límite de la indigencia extrema, alcanzó los $738.690. Estos valores ratifican que dos salarios mínimos formales no alcanzan siquiera para garantizar los requerimientos calóricos indispensables de un grupo familiar, consolidando la figura del trabajador registrado en relación de dependencia que permanece atrapado en la pobreza por ingresos.
Servicios públicos y alquileres: los verdaderos impulsores del alza
El desglose del Índice de Precios al Consumidor (IPC), que arrojó una variación general del 1,9%, desarmó el optimismo de los despachos gubernamentales. El rubro de mayor incremento no fue casual: Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles encabezó el ranking con un salto del 3,1% mensual, impulsado directamente por la quita de subsidios nacionales y los aumentos desregulados en el transporte de pasajeros.
El impacto sobre el mostrador de cercanía es contundente. En carnicerías y verdulerías del Gran Buenos Aires se registra un desplome superior al 18% en los volúmenes de comercialización minorista en comparación con el mismo período del año anterior. Familias asalariadas reemplazan de forma compulsiva cortes tradicionales de carne vacuna por harinas, menudencias de pollo o segundas marcas de fideos, configurando un empobrecimiento nutricional que las cifras globales intentan disimular.
La trampa de la estabilidad con recesión profunda
Economistas del sector productivo señalan que la contención del índice general no responde a una mayor eficiencia económica, sino a una brutal contracción monetaria que apagó la demanda popular. Con paritarias pisadas por debajo de la pauta inflacionaria y jubilaciones que perdieron más del 30% de su poder adquisitivo en términos reales, la economía opera con una capacidad ociosa récord en el comercio minorista. Celebrar la desaceleración de precios en un cementerio productivo donde los comercios cierran por falta de clientes constituye un ejercicio de cinismo gubernamental que choca con la heladera de los argentinos.