REBELIÓN INDUSTRIAL EN LA ROSADA: LA UIA FUE A CONTAR FÁBRICAS CERRADAS Y EL GOBIERNO LES RESPONDE CON MÁS IMPORTACIONES

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La conducción de la Unión Industrial Argentina (UIA) cruzó las puertas de la Casa Rosada con una carpeta repleta de números rojos y balances alarmantes. Representantes de los principales complejos productivos del país —metalúrgicos, textiles, químicos, plásticos y alimentos— expusieron ante los funcionarios económicos el impacto destructivo que la recesión provocada por el programa oficial está provocando sobre el entramado fabril. El diagnóstico no admitió eufemismos: caída de dos dígitos en la utilización de la capacidad instalada, suspensiones masivas, corte abrupto de la cadena de pagos y una paralización del mercado interno sin antecedentes cercanos.

Los industriales señalaron con preocupación que el freno en las líneas de producción ya no distingue entre pequeñas y medianas empresas o grandes compañías. La liquidación del poder adquisitivo de los asalariados y los jubilados ha dejado a las plantas sin demanda, mientras los costos fijos continúan en alza debido a la desregulación total de las tarifas de energía eléctrica, gas y combustibles dispuesta por el Palacio de Hacienda.

La trampa importadora: subsidiar el trabajo extranjero

El punto más ríspido del cónclave se concentró en la política de desregulación y baja de aranceles para bienes finales extranjeros. Mientras que la producción nacional afronta impuestos internos acumulativos, tasas de interés usurarias que impiden el crédito y servicios dolarizados, el Gobierno facilita el ingreso indiscriminado de manufacturas terminadas procedentes del sudeste asiático y países con mano de obra precarizada.

La dirigencia fabril advirtió que no se trata de una competencia leal basada en productividad, sino de una asimetría mortal generada por el propio Estado. Las empresas argentinas que sostienen convenios colectivos de trabajo, invierten en el país y aportan al fisco nacional quedan desamparadas frente al dumping comercial internacional, fomentado deliberadamente para forzar una baja artificial de los índices inflacionarios mediante la destrucción del fabricante local.

La respuesta libertaria: insensibilidad de pizarrón

Pese a la contundencia de las cifras y los reclamos por medidas de alivio tributario y líneas de financiamiento productivo, los representantes gubernamentales ratificaron el rumbo económico sin concesiones. La postura oficial fue categórica: no habrá auxilio financiero, no se restablecerán barreras de protección estratégica y el costo de la energía continuará respondiendo a la paridad de exportación.

Para los tecnócratas libertarios, el quiebre de talleres, fundiciones y plantas de manufactura constituye un simple “proceso de depuración de mercado”. Esta visión dogmática ignora el costo social irremediable que implica la pérdida del oficio industrial y condena a miles de operarios calificados a la desocupación o a la informalidad precarizada.

Sin industria no hay soberanía ni futuro

El conflicto entre la administración central y la industria argentina desmantela el mito del rebote en “V”. El crecimiento genuino no nace de la especulación con bonos soberanos ni de la apertura descontrolada de las aduanas, sino del valor agregado del trabajo argentino. Proteger a la industria nacional y a su empresariado productivo no es un capricho corporativo: es la única garantía de soberanía económica, pleno empleo y recaudación fiscal capaz de sostener un Estado soberano con jubilaciones dignas y servicios públicos de excelencia.

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