El “éxito” del modelo económico libertario sigue arrojando postales desoladoras a lo largo y ancho de la Argentina. Esta vez, la víctima de la motosierra y la licuadora combinadas fue la histórica cadena de jugueterías Tío Mario. Tras décadas de apostar al país, de invertir y generar puestos de trabajo genuinos, la empresa se vio obligada a bajar sus persianas. No los fundió la competencia ni la falta de talento; los fundió una recesión brutal, planificada y ejecutada desde el Ministerio de Economía.
La tragedia de Tío Mario no es un caso aislado, es el síntoma de una enfermedad inoculada a la burguesía nacional. El empresario argentino, aquel que arriesga su capital en su tierra y genera empleo registrado, hoy está siendo asfixiado por tarifazos salvajes, alquileres desregulados y consumidores con los bolsillos vacíos. Mientras el Presidente Javier Milei pontifica sobre el libre mercado desde foros internacionales, en las calles de nuestras ciudades los carteles de “Liquidación por Cierre” se multiplican como una epidemia.
Pero el sarcasmo del relato oficial llega a niveles insospechados cuando intentan vender un espejismo en las estadísticas. Voces del oficialismo y consultores afines celebran un incipiente “freno en la caída del empleo”. Lo que omiten, con una astucia digna de mejores causas, es la calidad de ese empleo. Especialistas ya han confirmado que el trabajo que “crece” es pura precarización: cuentapropismo de subsistencia, monotributistas sin red de contención, jóvenes pedaleando bajo la lluvia sin aportes jubilatorios ni obra social.
Han reemplazado la dignidad del salario y el derecho laboral por la changa flexibilizada, vendiéndolo bajo el cínico rótulo de “emprendedurismo”. Destruir empresas nacionales para convertir a los trabajadores en piezas descartables de un engranaje precario no es el camino hacia el desarrollo. Es un viaje de ida hacia un país para pocos, donde el único derecho garantizado es el de sobrevivir a la intemperie.