La publicación del Boletín Oficial volvió a dinamitar la falsa prédica libertaria sobre el fin de los privilegios corporativos. El gobierno de Javier Milei formalizó la designación de Adolfo Cambiaso, ícono indiscutido del polo de alta competencia, como embajador extraordinario para la promoción de la imagen argentina en el exterior. En términos estrictamente protocolares, el Estado pone su firma, su escudo y su representación diplomática formal a disposición de una de las figuras más encumbradas del deporte aristocrático global.
Lo verdaderamente inadmisible no es la trayectoria deportiva de Cambiaso, sino la escala de prioridades morales y políticas que esta decisión consagra. En el mismo momento en que se estampa la firma presidencial para ennoblecer al polo, miles de científicos del Conicet, docentes de las sesenta universidades nacionales y becarios doctorales reciben telegramas de despido encubierto, sufren la paralización total de subsidios a la investigación aplicada y ven reducidos sus ingresos a niveles de subsistencia.
Motosierra para el Conicet, alfombra roja para los estancieros
La dicotomía civilizatoria que plantea la administración nacional es de una crudeza absoluta:
- El éxodo de cerebros forzado: Los proyectos satelitales del ARSAT, la producción pública de medicamentos, el desarrollo nuclear de la CNEA y las investigaciones biomédicas se encuentran en estado de asfixia terminal por falta de presupuesto. Científicos formados en el país emigran semanalmente ante la falta deliberada de financiamiento estatal.
- El estrangulamiento previsional y sanitario: Mientras se destina tiempo y estructura burocrática a crear cargos y misiones para la élite ecuestre, los jubilados de nuestra Patria padecen la suspensión de medicamentos esenciales de cobertura total en el PAMI y la pérdida de más del 30% de su poder de compra real.
- La diplomacia de la sumisión: Para el oficialismo, la “Marca País” no está representada por los científicos que desarrollaron reactores nucleares vendidos al mundo, ni por los ingenieros de INVAP, ni por la industria nacional de valor agregado, sino por los caballos de polo y los campos privados de Cañuelas y el Reino Unido.
La doctrina frente al desprecio por la inteligencia nacional
El peronismo sentó las bases de la Argentina moderna precisamente al quebrar el monopolio aristocrático de la representación del país. Cuando Juan Domingo Perón decretó la gratuidad universitaria en 1949 e impulsó la Comisión Nacional de Energía Atómica, inauguró una era donde el hijo del obrero y el nieto del inmigrante podían ser ingenieros, físicos y médicos que llevaran el orgullo nacional a escala planetaria con soberanía tecnológica.
El gobierno actual recorre el camino inverso. Pretende restaurar una Argentina pastoril, donde un puñado de hacendados represente la cima del prestigio social y el resto del pueblo sea empujado a la condición de peones precarizados. Reivindicar al polo de elite mientras se destruye la ciencia y se castiga a los jubilados que forjaron la riqueza material de la Patria no es un error de gestión: es la confirmación explícita de un proyecto oligárquico que desprecia la inteligencia y el trabajo de su propio pueblo.