Hay dos Argentinas. Una, silenciosa y angustiada, que hace malabares frente a la góndola de los lácteos, cuida el consumo de gas y ve cómo la jubilación mínima no alcanza para cubrir la canasta básica. La otra, engalanada y ruidosa, se pasea por los salones señoriales de París, descorcha espumantes de primera línea y degusta canapés de alta cocina con viáticos que salen de los mismos impuestos que prometieron eliminar.
En el marco de la denominada Semana Argentina en París, la comitiva gubernamental que acompaña la gira europea —a la que se sumaron nada menos que trece gobernadores provinciales de diverso signo partidario— ha dejado una postal que indigna a cualquier compatriota de bien. Entre copas y risas de salón, la pregunta que resonó entre los propios invitados fue tan cínica como reveladora: “¿Quién quedó gobernando el país?”.
La crueldad de los números reales El contraste con la realidad del suelo patrio no admite eufemismos. Los informes de consumo masivo de las últimas semanas dan cuenta de una tragedia cotidiana: el consumo de carne vacuna cayó a mínimos no vistos en más de tres décadas, las familias reducen la compra de leche fluida para sus hijos y el expendio de medicamentos esenciales para enfermedades crónicas cayó estrepitosamente porque la tercera edad ya no puede costearlos.
Esa es la factura del “déficit cero”: una sangría impuesta a las familias de a pie, a los obreros de la industria y a los pequeños comerciantes de barrio que bajan la persiana asfixiados por las tarifas. Sin embargo, para la cúspide del poder político libertario y sus socios de ocasión, la “motosierra” no aplica cuando se trata de cruzar el Atlántico en misiones de relaciones públicas que no traen un solo puesto de trabajo genuino al país.
El retorno de la oligarquía agroexportadora La estética de la delegación oficial en París rememora con asombrosa fidelidad a la oligarquía porteña de fines del siglo XIX: dilapidar en los bulevares europeos los dividendos de un modelo económico que empobrece a las mayorías en el interior argentino. Venden al mundo una supuesta “nueva Argentina liberal”, pero el espectáculo que brindan es el de una corte desconectada de la tierra que pisa, indiferente al padecimiento de sus gobernados.
Para el dogma oficial, el Estado debe ausentarse si se trata de entregar medicamentos oncológicos o reparar rutas nacionales que desmoronan la logística de las PyMEs; pero el Estado reaparece, con generosidad feudal, para financiar comitivas multitudinarias, recepciones palaciegas y hoteles de lujo en Francia. La austeridad, queda demostrado, era solamente para los de abajo.