Mientras Colombia enfrenta muerte, destrucción y familias que perdieron todo, un restaurante argentino de Cali convirtió sus hornallas en una trinchera solidaria. Preparan cientos de platos para damnificados y rescatistas en una historia que vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: cuando todo se derrumba, ¿alcanza realmente con el “sálvese quien pueda”?
El terremoto en Colombia dejó una postal estremecedora de edificios destruidos, familias desplazadas y equipos de rescate trabajando contra reloj. Sin embargo, en medio de semejante tragedia apareció también otra imagen: la de argentinos poniendo el cuerpo, las ollas y su lugar de trabajo al servicio de quienes necesitan ayuda.
En el barrio San Antonio de Cali, Restó CABA, conducido por el argentino Joaquín Rodríguez junto a Gisele Yiseth Zea, dejó de ser solamente un restaurante para convertirse en un centro de acopio, producción y distribución de alimentos.
No hubo grandes discursos. Tampoco cálculos financieros ni planillas para decidir si ayudar era rentable. Frente a gente que había perdido su casa y rescatistas que llevaban horas trabajando entre los escombros, apareció una respuesta tan sencilla como contundente: había una cocina, había comida y había que ponerse a cocinar.
CUANDO LA SOLIDARIDAD DEJA DE SER UNA PALABRA
La primera jornada mostró la magnitud de la iniciativa. Desde el restaurante calcularon que pudieron elaborar entre 350 y 400 platos, destinados a distintos puntos de Cali. Además, voluntarios, clientes, amigos y otros integrantes del sector gastronómico comenzaron a colaborar con la preparación y la logística.
La organización no consiste solamente en llenar bandejas. Cada pedido debe llegar acompañado por un nombre, un teléfono, una dirección y una persona responsable de recibir los alimentos. De esa manera buscan que cada vianda termine donde realmente hace falta y que ninguna donación se desperdicie.
A medida que comenzaron a llegar verduras, arroz y granos, los responsables del operativo incluso pidieron frenar algunos envíos y concentrar la colaboración en elementos específicos, particularmente proteínas y recipientes para transportar las comidas.
Es decir, solidaridad con organización. Ayuda concreta. Comunidad funcionando cuando la emergencia golpea.
UNA HISTORIA QUE INTERPELA AL “SÁLVESE QUIEN PUEDA”
La escena tiene además una lectura inevitable para la Argentina.
Durante años se intentó instalar que cada individuo debe resolver su destino prácticamente solo, que la solidaridad colectiva es una debilidad y que cualquier construcción comunitaria merece ser mirada con sospecha. Sin embargo, basta que aparezca una catástrofe para que ese libreto choque de frente contra la realidad.
Cuando una casa se cae, nadie levanta los escombros solo.
Cuando cientos de personas necesitan comer, el mercado no pregunta automáticamente quién tiene hambre.
Cuando la tragedia arrasa con todo, son los vecinos, trabajadores, voluntarios, rescatistas, organizaciones y estructuras públicas los que deben articularse para evitar que el abandono sea todavía mayor.
La experiencia de estos argentinos en Colombia vuelve especialmente visible ese contraste. No porque un restaurante pueda reemplazar al Estado ni porque unos cientos de platos solucionen una catástrofe, sino porque demuestra la enorme capacidad social que aparece cuando el otro deja de ser considerado un problema y vuelve a ser visto como un semejante.
ARGENTINOS CON LAS OLLAS AL FRENTE
Rodríguez explicó que eligieron ayudar justamente desde aquello que conocen: producir comida y organizar su distribución. Alrededor del restaurante se conformó una red en la que participan aproximadamente 15 colaboradores directos, además de proveedores, clientes, amigos y colegas gastronómicos.
También contemplan abastecer refugios, geriátricos y otros lugares que puedan necesitar alimentos preparados durante los próximos días.
Mientras tanto, Colombia sigue atravesando una emergencia de enorme gravedad. El terremoto alcanzó una magnitud de 7,4 y las operaciones de búsqueda continuaban este miércoles 12 de agosto entre edificios derrumbados y fuertes daños en distintas ciudades del oeste del país. Los reportes más recientes daban cuenta de casi 250 fallecidos a nivel nacional.
En Cali, una de las zonas golpeadas, las autoridades habían informado decenas de muertos y centenares de heridos mientras avanzaban las tareas de emergencia.
ENTRE LOS ESCOMBROS, UNA RESPUESTA HUMANA
Hay catástrofes que destruyen edificios y también desnudar ideas.
El terremoto en Colombia mostró brutalmente la fragilidad de miles de personas. Pero también mostró algo que ninguna motosierra ideológica puede borrar: frente al sufrimiento colectivo, la salida casi nunca es individual.
En Cali, un grupo de argentinos lo está demostrando plato por plato.
No tienen un ministerio. No manejan millones. No prometen milagros.
Tienen una cocina, voluntarios y la decisión de no mirar para otro lado.
Y mientras las ollas siguen encendidas entre una ciudad golpeada por los escombros, queda flotando una vieja enseñanza profundamente argentina: cuando al de al lado se le cae el mundo, la comunidad no pregunta cuánto cuesta ayudar. Se organiza y ayuda.